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Parroquia de Santa María dels Turers. Banyoles, 14 de mayo de 2022

Lecturas: He 1,15-17.20-26; Sal 112,1-8; Jn 15,9-17 (San Matías)

 

Muy amado Pueblo santo de Dios. Estimadas Operarias Parroquiales. Estimada directora general, Pina Milana. Estimado Mn. Ramon, párroco de esta parroquia de Santa Maria dels Turers, queridos sacerdotes. Estimado alcalde y concejal, y otras autoridades.

Mañana se cumplirán los 66 años de la muerte de la sierva de Dios Magdalena Aulina, la fundadora del Instituto Secular de las Operarias Parroquiales e hija de Banyoles. Este año se cumplen también los 75 años de la promulgación de la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia del Papa Pío XII, que daba carta de ciudadanía a los Institutos Seculares, es decir, a todos aquéllos y aquellas personas que sin dejar de ser laicos y laicas querían hacer una especial consagración a Dios y al prójimo en el marco eclesial. Hasta entonces, la consagración a Dios sólo era posible por medio de la vida religiosa. De hecho, el contenido doctrinal, el trasfondo teológico de esta constitución del papa, fue el ideal, la guía y la inspiración de la propuesta de vida que Magdalena Aulina había avanzado en el tiempo. Magdalena Aulina fue una adelantada en su tiempo; de ahí las dificultades e incomprensiones que tuvo, porque rompía unas determinadas formas de ser y de vivir la consagración bautismal en la vida de la Iglesia y, por ello, rompía determinados «estándares» eclesiales del momento, agravados por la precariedad de la posguerra, y por la situación social y política de los años 50 del pasado siglo.

Por otra parte, como os podéis imaginar, mi vinculación pasada con esta parroquia de Santa Maria dels Turers hace que también hoy, personalmente, me sienta contento de estar aquí. Aquí inicié mi ministerio sacerdotal. Son muchos los recuerdos, especialmente mi ordenación presbiteral, que hace exactamente 40 años tuvo lugar en este magnífico templo gótico cargado de la historia y de la fe de nuestros antepasados, que, como una llama encendida, nos ha llegado hasta nuestros días.

Son muchos los recuerdos con la Institución Magdalena Aulina, sobre todo como vicario de esta Parroquia. Las misas de los sábados en la iglesia de Les Rodes, lugar en el que, especialmente, Magdalena Aulina había practicado su apostolado social. Unas misas donde siempre, además de la gente del barrio, había un grupo de jóvenes acompañados por las Operarias Parroquiales, por Magdalena Turón y por Pilar Carreras, y a esta última el buen Dios se la llevó demasiado pronto. Recuerdo con cariño las sesiones de catequesis ―con ayuda incondicional de las Operarias Parroquiales, que siempre me decían que eran esto: operarias parroquiales―, así como también las Colonias multitudinarias en la Casa de Cantonigrós. Son recuerdos entrañables de esos primeros años de ministerio que, como faro encendido, siempre me han ayudado y han iluminado mi itinerario ministerial.

Y hoy, en el marco de la celebración de este aniversario de la muerte de Magdalena Aulina, estamos todos gozosos de que la Comisión Teológica de la Congregación para la Causa de los Santos haya aprobado la “Positio super vita, virtutibus et fama sanctitatis” (Positio sobre su vida, virtudes y fama de santidad), y esperamos que, pronto, la misma Congregación pueda seguir con los últimos estadios para la proclamación como beata de Magdalena Aulina. Sin duda que este hecho, la celebración de hoy y el intenso trabajo que ella hizo, difundirá el conocimiento de vuestra fundadora, primero aquí mismo en Banyoles, en su casa y entre sus conciudadanos, y poco a poco en el resto de lugares donde ella directamente, o a través del Instituto, ha dejado huella. Reflexionar sobre la vida de Magdalena es muy actual, porque hablar de consagración laical en el siglo XXI es la forma de afianzar las intuiciones que toda la Iglesia va mostrando en su camino sinodal. Hablar hoy del laicado, en pleno proceso sinodal, es pensar en la centralidad de la vocación universal a la santidad y en la vocación particular que nace del Bautismo. Afirma el Concilio Vaticano II en su Constitución sobre la Iglesia: «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos (Lumen Gentium, 40)». Con esta premisa de fondo Magdalena Aulina adoptó el carisma fundacional y adaptó su vocación personal, que le inspiraba a responder a los retos del momento que tenía la Iglesia y el mundo. Porque su figura es muestra preclara de aquella profeta ―una mujer sin ir acompañada de hombres y clérigos― que se adelantó a los tiempos con la propuesta de consagrarse sin tener que tomar hábitos. Quien fundaba, hasta entonces, era siempre un sacerdote o religioso, y si era mujer debía ir acompañada de sacerdotes u obispos que la avalaran. Magdalena estaba sola en un tiempo en el que la mujer no tenía voz. Fue pionera de la vocación laical al apostolado de los institutos seculares, como lo recogió también más tarde el propio Concilio Vaticano II. Este hecho de ser pionera en su tiempo, queriendo consagrarse a Dios y al prójimo sin dejar de ser laica, lo hicimos patente y lo manifestamos al propio papa Francisco los obispos de Cataluña en la audiencia que tuvimos con él el pasado 14 de enero con motivo de la Visita Ad limina.

Magdalena Aulina llevó a cabo esta vocación a lo largo de toda una vida de donación a los pobres, aquí en Banyoles, sobre todo en el barrio de Les Rodes, desde la sencillez de su estado laical. Y desde aquí lo difundió. Como afirmaba ella misma, todos podemos ser santos en nuestros propios ambientes y, «en este ser santos, Jesús no puso límites ni de edad ni de condición».

¿Y qué se destaca de la propuesta de Magdalena? Precisamente, unido a lo que acabo de decir, destaca la profunda comprensión de lo que es el sacramento del bautismo, el que marca el servicio a la Iglesia, lo mismo que nos hace a todos por igual hijas e hijos de Dios y, como decía al principio, herederos y llamados a la santidad. Este hecho de ser “adelantada” en el tiempo, fue el fundamento de sus problemas institucionales con la Iglesia del momento.

El bautismo. Ser coherentes con el bautismo; ésta es la premisa fundamental. Precisamente, la delegada diocesana de Misiones y de Cooperación entre las iglesias del Arzobispado de Tarragona ―otra mujer y también laica―, en un mensaje muy bonito y muy profundo que escribió con motivo de la Jornada de Oración por las Vocaciones, que tuvo lugar el pasado domingo, y hablándonos del bautismo nos decía: «Ésta es la raíz y la cepa que después hace nacer muchas ramas: vocación a formar una familia, a comprometerse en los múltiples servicios a los demás, tanto en la Iglesia como en la sociedad, vocaciones al sacerdocio, al diaconado, a la vida religiosa, en los servicios o ministerios eclesiales de catequista, de atención a los enfermos. Y tantas y tantas otras vocaciones. Si somos fieles a nuestra vocación cristiana, pasaremos por el mundo como testigos de Jesucristo y dejando una huella de bien, como dice el lema de este año». Esta gran variedad de vocaciones cristianas en la Iglesia y en la sociedad, además de compartir la raíz del bautismo, nacen y crecen en el mismo campo o jardín, que es la vida de la misma Iglesia. «Si no nos preocupamos de cuidar este jardín, que es la vida cristiana vivida en comunidad o en familia, no sólo nos van a faltar vocaciones para el sacerdocio, sino que faltarán cristianos» (Ídem). He aquí que ésta es una misión universal y comunitaria que nos llama a comprometernos en la Iglesia y con la Iglesia.

Hermanas y hermanos queridos. Hoy, en este sábado, celebramos la fiesta del apóstol San Matías, cuya historia, como la de los demás apóstoles, nos ayuda a entender la “vocación” de apóstol que todos nosotros tenemos, tanto individualmente como también como comunidad anunciadora de la Resurrección, que estamos celebrando en este tiempo Pascual. Él siguió a Jesús siempre, y fue elegido entre los apóstoles después de la muerte del Señor, precisamente por este hecho. Por el hecho de “pertenecer a la comunidad”. Como decía la primera lectura que hoy hemos escuchado: «hay que incorporar a alguien de los que nos acompañaron durante todo el tiempo que Jesús, el Señor, vivió con nosotros, desde el bautismo de Juan hasta que fue llevado hacia el cielo, para que sea testigo de su resurrección».

Y, al fin y al cabo, más allá de las opiniones humanas, de los sufrimientos provocados por las opiniones humanas ―que Magdalena Aulina conoció muy de cerca―, es el Señor quien nos elige. Así lo hemos escuchado en este bonito Evangelio sobre el Amor: «No sois vosotros quienes me habéis escogido. Soy yo quien os he escogido para confiaros la misión de ir por todo el mundo y dar fruto, un fruto que durará para siempre». Vosotras, miembros del Instituto secular fundado por Magdalena Aulina, y todos los que compartimos esta Eucaristía, vamos aprendiendo a amar. «Mi mandamiento es que os améis unos a otros como yo os he amado», nos dice Jesús. Amar requiere un buen aprendizaje e ir superando metas, ir creciendo como si fuéramos saltadores de altura que van poniendo el listón cada vez un poco más alto, cada vez sabiendo amar un poco más, cada vez acercándonos al amor de Dios, que nos ha elegido para que su alegría y su amor esté con nosotros. Entonces, como nos decía también Jesús, iremos «por todo el mundo y daremos fruto, un fruto que durará para siempre». «Y el Padre nos concederá todo lo que pidamos en su nombre».

Joan Planellas
Arzobispo metropolitano de la archidiócesis de Tarragona

 

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