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Carmen Luisa González Expósito
Publicación original en Justicia y Paz

Actualmente, estamos atravesando por situaciones muy difíciles, a nivel colectivo e individual, que exigen un cambio en nuestros hábitos y estilos de vida para intentar llegar a ser iconos de una vida sencilla. Una existencia que contraste con esa otra regida por las leyes del mercado y que aspira, por lo general, a satisfacer su afán de crecimiento infinito y a la acumulación de bienes y poder.

La irrupción inesperada en nuestras vidas del coronavirus, hace más un año, y sus múltiples consecuencias, revelan que no podemos esperar y que, globalmente, existen bienes y servicios que deben quedar fuera de las leyes del mercado.

Desde esta situación, sentimos la llamada a colaborar a fin de acelerar los movimientos y recorrer los caminos ya emprendidos buscando nuevos modos para que estos cambios se produzcan, y así posibilitar una vida fraterna, tal como el papa Francisco aborda en su última encíclica Fratelli tutti.

En ella, el Papa interpreta este tiempo presente: «El mundo avanzaba de manera implacable hacia una economía que, utilizando los avances tecnológicos, procuraba reducir los «costos humanos», y algunos pretendían hacernos creer que bastaba la libertad de mercado para que todo estuviera asegurado. Pero el golpe duro e inesperado de esta pandemia fuera de control obligó por la fuerza a volver a pensar en los seres humanos, en todos, más que en el beneficio de algunos…»[1]Y nos invita a la acción, pero no a una acción cualquiera, improvisada que suponga un parche, momentáneo: «Esta pandemia obliga a repensar nuestras relaciones y la organización de nuestras sociedades».[2]

Cualquier acción que se emprenda a nivel social y estructural con el objetivo de conseguir un cambio de esta situación ha de estar avalada por actitudes y comportamientos personales y comunitarios que hundan sus raíces en una manera diferente de relacionarnos con los demás seres humanos y con la naturaleza. Es vital que los pasos emprendidos sean signo de un comportamiento que es necesario generalizar en la sociedad. Para ello, urge dotarnos de medios que favorezcan las relaciones fraternas, la participación y la ecología integral desde un estilo de vida sencillo.

La encíclica Laudato si’ propone unos valores que ayudan al cambio de mentalidad y al desarrollo de una cultura nueva e impulsan el compromiso transformador. Valores de la tradición cristiana y el humanismo, que pueden ser compatibles con otras tradiciones religiosas y con la ética, pero que no siempre son practicados.

A continuaciónrecojo unas pinceladas de esas «llamadas» que encontramos en la encíclica Laudato si’ y que nos dan luz para interiorizar estos valores, enlazadas a su vez con el documento de Joan Carrera: Vivir mejor con menos: trece propuestas[3].

1. Desarrollar la capacidad de salir de sí mismo y apertura al otro[4]. 

Para ello, es preciso pensar en profundidad. La acumulación de información no favorece la superación del pensamiento superficial. La verdadera sabiduría es fruto de la reflexión, el diálogo y el encuentro generoso entre las personas, sencillamente.

2. Considerar como «prójimo» a las futuras generaciones y tener en cuenta la situación de los grupos más desfavorecidos y descartados a la hora de tomar decisiones en cuanto a la utilización de recursos personales y ambientales. El ambiente es un préstamo que cada generación recibe y debe trasmitir a la siguiente, lo que nos lleva a ser personas generosas y austeras en el uso de los recursos a largo plazo.[5]

3. Considerar que todo lo que hacemos y consumimos tiene un impacto sobre la naturaleza y ha de ser universalizable. Preguntarnos ¿Qué pasaría si toda la humanidad actuase como nosotros?

4. Optar por un crecimiento responsable y no voraz. Esta elección nos dirige a redefinir el concepto de crecimiento. Un desarrollo tecnológico y económico que no conduce a un mundo y una calidad de vida mejor no puede considerarse progreso. La encíclica hace una crítica al discurso del desarrollo sostenible y la responsabilidad social y ambiental de las empresas.[6]

5. Ser conscientes del valor de la interdependencia entre todos los seres vivos de la naturaleza. No hemos aprendido a vivir lo que somos como don de los demás: personas, animales y plantas. Muchas veces, cuando nos relacionamos, no acogemos lo que piensan, sienten y padecen y nos limitamos a relacionarnos con ellos como si fueran objetos. Es necesaria una nueva cultura.[7]

6. Entender nuestra vida como un don, un regalo. El don nos obliga a cuidar de ella, de las vidas de los demás, sobre todo de las personas más vulnerables. Lo que hemos recibido gratuitamente, lo damos también gratuitamente. Dar es ayudar a crear condiciones para que la vida pueda desarrollarse plenamente. Asimismo, la naturaleza es un regalo que nos ayuda a vivir.[8]

7. Apreciar las dimensiones diferentes de la felicidad, que no puede reducirse al hecho de «tener» o «poseer». Nuestra sociedad fomenta un estilo de vida que no tiene sentido sin «consumismo». Tendríamos que aprender a vivir de forma más austera, sencilla y sobria. Vivir con lo que realmente necesitamos.[9]

8. Antes de tomar decisiones sobre actuaciones e inversiones urge conocer objetivamente que la actividad propuesta no va a generar daños graves al ambiente o a quienes lo habitan, «la opción preferencial por los pobres».[10]

9. Prestar atención para escuchar tanto el clamor de la tierra como el de las personas pobres. El respeto a la diversidad cultural es parte de esta noción de justicia compleja, ya que son las personas pobres y las minorías culturales quienes padecen más la problemática ecológica. Al plantearnos y revisar nuestro estilo de vida, el uso de los bienes que poseemos, nuestros conocimientos, nuestro tiempo, etc., el principio del bien común se convierte en una llamada a la solidaridad.[11]

10. Desarrollar la capacidad de disfrutar con poco. Detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida, sin aferrarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Este valor va en contra del consumismo, que intenta llenar el corazón humano. La sobriedad vivida en libertad y conciencia es liberadora.[12]

11. Dar importancia y valor a los pequeños hechos y gestos cotidianos. El amor lleno de pequeños gestos y de cuidado mutuo se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. No podemos pensar que estos esfuerzos no vayan a cambiar el mundo. Estas acciones aportan un bien a la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que pueda percibirse a simple vista, un bien que se difunde, a veces de forma invisible.[13]

12. Valorar la dimensión celebrativa de la vida y el descanso. El ser humano tiende a reducir el descanso contemplativo al ámbito infecundo o innecesario, olvidando que así se quita a la obra lo más importante: su sentido. Procurar incluir en nuestro obrar una dimensión gratuita que es algo diferente a un mero «no hacer». Se trata de otra manera de «hacer» que forma parte de nuestra esencia. De este modo, la acción humana es preservada del activismo vacío, del desenfreno voraz y de la conciencia aislada que lleva a perseguir solo el beneficio personal. El descanso es una ampliación de la mirada que permite volver a reconocer los derechos de los demás.[14]

La nueva encíclica del papa Francisco Fratelli tutti es una llamada al reconocimiento mutuo y un emplazamiento urgente a la fraternidad y a la amistad social como medios de reconstrucción de un mundo herido. Emplazamiento que nos urge a vivir con sencillez y con la mirada puesta en las mayores víctimas de esta sociedad injusta en la que vivimos.


[1] Cfr F.T. nº 33

[2] id

[3] Cfr. Suplemento Cuaderno nº 200 de CJ (nº 234) 2016

[4] LS. nº 47 y 208

[5] LS. nº 178, 124

[6] LS. nº y 208 194

[7] FT. nº 215

[8] LS: nº 82

[9] LS. nº 222

[10] LS. nº 186

[11] LS. nº 158, 144

[12] LS. nº 122, 123

[13] LS. nº 231, 212

[14] LS nº 237

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