Jornada de Formación y Convivencia 2014
12 abril, 2013
Jornada de Formación y Convivencia
25 abril, 2013

Queridas Consagradas laicas, Consagrados laicos y Sacerdotes de Institutos Seculares:

Me llena de felicidad encontrarme aquí entre vosotros al inicio de estas jornadas tan densas en expectativas. Jornadas en las que os encontráis comprometidos en el Congreso, lugar de escucha, de confrontación y de elaboración, y después en la Asamblea. Una cita particularmente importante este año, en la que aprobaréis los nuevos Estatutos. Mi deseo a este respecto es que el hecho de sumergir la mirada en las normas que regulan vuestro itinerario común para delinear las formas, os ayude a vivir en plenitud la comunión, no para anular las diferencias, sino para caminar juntos, cada uno con el propio paso, dentro del mismo surco: el de la secularidad consagrada. Y solamente a este precio podrán nacer frutos de bien, ya que se trata de un itinerario complejo.

Mi presencia es expresión de la comunión que vincula la Conferencia Mundial de Institutos Seculares al Santo Padre a través de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Se trata del Sentir cum Ecclesia, al que la Exhortación Apostólica Vita Consecrata ha dedicado el número 46 del que leo con vosotros las primeras palabras: “A la vida consagrada se le asigna también un papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión, propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad como «testigos y artífices de aquel «proyecto de comunión» que constituye la cima de la historia del hombre según Dios». El sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de 2 2 comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión «será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo […]. De este modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión». Más aun, «la comunión genera comunión y se configura esencialmente como comunión misionera».

Tomo de nuevo aquí las palabras del Santo Padre Benedicto XVI dirigidas a la Señorita Ewa Kusz, Presidente del Consejo Ejecutivo, enviadas a través del Secretario de Estado +Tarcisio Cardenal Bertone, que se acaban de leer:

“Los trabajos que os disponéis a realizar se detienen también en lo específico de la consagración secular en la busca de cómo la secularidad habla a la consagración, de cómo en vuestras vidas los rasgos característicos de Jesús – virgen, pobre y obediente – adquieren una típica y permanente “visibilidad” en medio del mundo (cfr. Exhortación Apostólica Vita Consecrata, I). Su Santidad desea indicar tres ámbitos sobre los que llamar vuestra atención.

En primer lugar, la donación total de vuestra vida como respuesta a un encuentro personal y vital con el amor de Dios. Vosotros, que habéis descubierto que Dios es todo para vosotros, habéis decidido darle todo a Dios y hacerlo de una forma peculiar: permaneciendo laicos entre los laicos, presbíteros entre los presbíteros. Esto exige una particular vigilancia para que vuestros estilos de vida manifiesten la riqueza, la belleza y la radicalidad de los consejos evangélicos.

En segundo lugar, la vida espiritual. Punto firme e irrenunciable, referencia cierta para alimentar aquel deseo de realizar la unidad en Cristo, que es tensión de toda la existencia de cada cristiano y mucho más de quien responde a una llamada total del don de sí. Medida de la profundidad de vuestra vida espiritual no son las muchas actividades, que también exigen vuestro compromiso, sino, más bien, la capacidad de buscar a Dios en el fondo de cada acontecimiento y de reconducir a Cristo todas las cosas. Se trata del “recapitular” en Cristo todas las cosas, de que habla el apóstol Pablo (cfr. Ef. 1, 10). Sólo en Cristo, Señor de la historia, toda la historia y todas las historias encuentran sentido y unidad.

Este anhelo se ha de alimentar, pues, en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. En la celebración eucarística encontraréis la raíz del haceros pan de Amor, partido por los hombres. Y en la contemplación, en la mirada de la fe iluminada por la gracia, se ha de arraigar el compromiso de compartir con todo hombre y toda mujer los interrogantes profundos que anidan en cada uno para construir esperanza y confianza.

En tercer lugar, la formación, que no descuida ninguna edad, porque se trata de vivir la propia vida en plenitud, educándose en la sabiduría que siempre es consciente del carácter de criatura del ser humano y de la grandeza del Creador. 3 3 Buscad contenidos y modalidades de una formación que os haga laicos y presbíteros capaces de dejaros interrogar por la complejidad que atraviesa el mundo de hoy, de permanecer abiertos a las solicitaciones que provienen de la relación con los hermanos que encontráis en vuestros caminos, de comprometeros en un discernimiento de la historia a la luz de la Palabra de Vida. Estad dispuestos a construir, juntamente con todos los que buscan la verdad, itinerarios de bien común, sin soluciones preconcebidas y sin miedo a los interrogantes que permanecen tales, sino dispuestos a poner en juego vuestra vida, con la certeza de que el grano de trigo, que cae en la tierra, si muere produce mucho fruto (Jn 12. 24). Sed creativos, porque el Espíritu construye novedades; alimentad visiones capaces de futuro y raíces sólidas en Cristo Señor, para saber comunicar también a nuestro tiempo la experiencia de amor que es el fundamento de la vida de cada hombre. Abrazad con caridad las heridas del mundo y de la Iglesia. Vivid sobre todo una vida gozosa y plena, acogedora y capaz de perdonar, porque fundada en Jesucristo, Palabra definitiva de Amor de Dios para el hombre” (Secretaría de Estado, Carta del 18.09.2012, n. 201.643).

Y precisamente sobre la comunión eclesial quiero detenerme hoy con vosotros. No para quitar importancia al tema específico de vuestro Congreso, sobre el que reflexionaréis durante estos días, sino casi como contexto, como horizonte de sentido, en el que insertar vuestras reflexiones.

Vuestra vocación no tiene significado sino se parte de su arraigo en la Iglesia, porque vuestra misión es misión de la Iglesia. En la oración sacerdotal contenida en el Evangelio de Juan, la intensidad de la relación entre el Padre y el Hijo constituye una unidad con la fuerza de la misión de amor. Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se hace signo e instrumento capaz de crear comunión con Dios y entre los hombres (cfr. Lumen Gentium, 1).

Por este motivo ya os exhortaba Pablo VI: “Nunca os dejéis sorprender, ni siquiera tocar por la tentación demasiado fácil hoy día, de que es posible una auténtica comunión con Cristo sin una real armonía con la comunidad eclesial regida por los legítimos pastores. Sería engañoso e ilusorio. ¿Qué podría narrar un individuo o un grupo sin esta comunión, incluso con la intención subjetivamente más elevada y perfecta? Cristo nos la ha pedido como garantía para admitirnos en la comunión con Él, del mismo modo que nos ha pedido amar al prójimo como documentación de nuestro amor por Él” (Pablo VI, Alocución ‘Una vez más’ a los Superiores de los Institutos Seculares, 20 de septiembre de 1972).

Y todavía con mayor pesar Benedicto XVI os repetía: “La Iglesia tiene también necesidad de vosotros para cumplir su misión… Sed semilla de santidad arrojada a manos llenas en los surcos de la historia”. No existe comunión sino se abre continuamente a la misión, ni misión sino brota de la comunión. Ambos 4 4 aspectos afectan al corazón vivo y palpitante de toda la Iglesia, permitiéndole una nueva lectura de la realidad, una búsqueda de significado y quizás también de soluciones que pretenden ser respuesta, ciertamente parcial, pero con un corazón cada vez más auténticamente evangélico.

Otra consideración me impulsa en la elección de este tema, y es la siguiente: una de las primeras preocupaciones que me ha sido presentada como Prefecto en los encuentros con los Institutos Seculares ha sido: “en la Iglesia somos poco conocidos o se nos conoce mal”.

El vínculo profundo que existe entre conocimiento y comunión me parece fundamental en un doble sentido. Sólo a través del conocimiento, que significa escucha, atención, sintonía de corazón, puede nacer la comunión, la cual, a su vez, engendra auténtico conocimiento, porque llega precisamente a la raíz de lo esencial y dilata la capacidad de encuentro.

Por esta razón, sin pensar ahora en la comunión dentro de cada Instituto (argumento que merecería una reflexión separada) me detengo en algunos puntos que se refieren a la comunión eclesial. Lo hago partiendo de aquel documento que la Sagrada Congregación de Religiosos e Institutos Seculares envió a las Conferencias Episcopales, después de la reunión plenaria que se celebró el mes de mayo de 1983.

Recorriendo de nuevo los orígenes de esta vocación, he podido constatar que desde ahora, en la nueva forma reconocida jurídicamente con la Constitución Apostólica Provida Mater, han confluido realidades profundamente diversas entre sí, sobre todo por la diferente finalidad apostólica. Han sido precisamente los Convenios organizados por la que más tarde llegará a ser la Conferencia Mundial de Institutos Seculares, los que han permitido un conocimiento recíproco – leo en dicho documento – que ha conducido a los Institutos a aceptar la diversidad (el llamado pluralismo), pero con la exigencia de aclarar los límites de esta misma diversidad (Congregación de Religiosos e Institutos Seculares, Los Institutos Seculares: su identidad y su misión, 3-6 de mayo de 1983, n. 4).

Éste me parece un punto fundamental. Esta acción de acogida recíproca creo que todavía continúa y no conviene perder de vista la importancia de mantener viva la tensión para profundizar este itinerario. Como también continúa el camino de comprensión de los que el documento, lo hemos oído hace poco, define los límites de esta diversidad. Límites, o también confines, que tienen su raíz tanto en la esencia del Espíritu, que siempre renueva la tierra con dones nuevos, como en el momento que está viviendo la Iglesia. El actual es un contexto en el que, en la perspectiva del Año de la Fe, proclamado por Benedicto XVI al cumplirse los 50 años del Concilio Vaticano II, el pueblo de Dios, los consagrados, los presbíteros, así como los pastoralistas, los canonistas, todos, están llamados 5 5 a colaborar juntos en la construcción de itinerarios nuevos de evangelización y de compañía al hombre de nuestro tiempo.

Tratad de comprender bien que semejante discernimiento exige de vosotros una actitud fundamental: la de no tener la pretensión de conocer la verdadera (y por tanto única) identidad de un Instituto Secular. Se necesita, en cambio, una disponibilidad fundamental que os permita descubrir cómo el otro realiza, en la propia espiritualidad, con la propia misión y modalidad de vida, la síntesis entre consagración y secularidad; cómo en los diversos ámbitos sociales, culturales y eclesiales es posible manifestar, aunque de forma diferente, la originalidad y la unicidad de vuestra vocación.

Sólo a través de esta dinámica de escucha y acogida, que exige un sabio discernimiento, todos seréis más ricos porque podréis experimentar la grandeza de Dios quien, para manifestar su gran amor al mundo, no se deja encerrar en nuestros pequeños itinerarios, sino que sabe suscitar respuestas que a nuestros ojos pueden parecer extravagantes, pero que ciertamente tienen algo que decir y dar a la vida de cada uno. Partiendo, pues, de lo que os une podréis confrontaros no sólo sobre la diversidad, sino también sobre los desafíos siempre nuevos que el mundo os plantea de forma particular a vosotros, llamados a consumir vuestra vida en una “tierra de confín”. Ante problemas nuevos se os solicita a buscar itinerarios nuevos que afirmen la actualidad de vuestra misión, siempre dispuestos a someterlos a discusión, en la confrontación, cuando los tiempos y los lugares exijan nuevas elaboraciones.

En este momento me viene a la mente una de las preguntas que me han dirigido durante mi encuentro con la Conferencia Polaca de Institutos Seculares, que se ha celebrado en el mes de noviembre de 2011. Se me ha presentado una reflexión sobre la necesidad de que el miembro de un Instituto Secular mantenga la discreción sobre la propia vocación. Más que una respuesta siguió una invitación a cada uno de los Institutos a confrontarse, en su interior y entre sí, sobre las motivaciones de semejante discreción, a preguntarse: “¿Por qué se ha sentido la necesidad?” “¿Qué quiere decir a la Iglesia y al Mundo?” Las respuestas pueden ser diversas para cada Instituto, para cada nación y para cada época histórica, pero para verificar la actualidad y la eficacia de un instrumento se precisa partir siempre del fundamento, del valor que pretende realizar y expresar.

Creo que esto es un posible método para activar el conocimiento que puede conducir a la comunión y que brota de la comunión.

Escucharse, pues, recíprocamente, sin preconceptos, tanto en el interior de cada Instituto como en los lugares propios de confrontación, para lograr una meta que, lo sabéis muy bien, ¡es sólo una etapa en el camino del Espíritu!

Sabed que en esta obra no estáis solos: la Iglesia os acompaña, a través de las palabras de los Pontífices y el servicio de la Congregación que represento.

Y aquí os propongo otro aspecto que es el de una comunión con la Iglesia local. También aquí tomo de nuevo las palabras del Beato Juan Pablo II, en la conclusión de la Plenaria anteriormente citada: “Si se dará un desarrollo y un fortalecimiento de los Institutos Seculares, también las Iglesias locales se beneficiarán”.

A continuación propongo una doble invitación dirigida a los Institutos y a los Pastores: Dentro del respeto de sus características, los Institutos Seculares deben comprender y asumir las urgencias pastorales de las Iglesias particulares, y fortalecer a sus miembros para que vivan con atenta participación las esperanzas y las fatigas, los proyectos y las inquietudes, las riquezas espirituales y los límites, en una palabra: la comunión de su Iglesia concreta.

Y debe ser también una solicitud de los Pastores reconocer y pedir su aportación según la propia naturaleza. En particular, incumbe a los Pastores otra responsabilidad: la de ofrecer a los Institutos Seculares toda la riqueza doctrinal que necesitan. Quieren ser parte del mundo y ennoblecer las realidades temporales ordenándolas y elevándolas, para que todo tienda a Cristo como a su cabeza (cfr. Ef 1, 10). Por ello, se ha de ofrecer a estos Institutos toda la riqueza de la doctrina católica sobre la creación, la encarnación y la redención, para que puedan hacer propios los designios sabios y misteriosos de Dios sobre el hombre, sobre la historia y sobre el mundo.

Hoy es obligatoria la pregunta de verificación: ¿a qué punto se encuentra este itinerario?

Me dirijo, naturalmente, en este lugar a vosotros, solicitando una reflexión sobre el camino que habéis realizado. Pero es una pregunta dirigida también a los Pastores, invitados a favorecer entre los fieles una comprensión no aproximativa o conciliadora, sino exacta y respetuosa de las características cualificantes … de esta difícil, pero bella vocación. (Son palabras que el Beato Juan Pablo II dirigió a la Plenaria).

La comunión de la que hablamos, no lo olvidemos nunca, es un don del Espíritu Santo, crea unidad en el amor y en la recíproca aceptación de la diversidad. Antes de traducciones concretas a nivel comunicativo y estructural, requiere un camino espiritual sin el cual – reafirmaba claramente el Beato Juan Pablo II – no nos hagamos ilusiones, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. (Novo millennio ineunte, n. 43).

Cada uno de vosotros se ha de sentir interpelado, como individuo, como Instituto y como Conferencia, a identificar instrumentos y modos que puedan hacer que el ideal de una plena comunión eclesial, presentada en tantos documentos de la Iglesia, se convierta en comunión real dentro de la historia.

También aquí es prioritaria una actitud fundamental: nunca cedáis a la tentación de la renuncia. Puede suceder que a veces vuestras tentativas no produzcan fruto y que el camino no avance: incluso en este caso, ¡no abandonéis la meta! No os paréis ante los fracasos, al contrario, tomad nuevas fuerzas de los mismos para avivar la creatividad; sabed pasar del resentimiento a la disponibilidad, de la desconfianza a la acogida. Llevad las heridas a la comunión eclesial en la oración, leed de verdad vuestras responsabilidades, no dejéis nada sin intentarlo y en el discernimiento emprended de nuevo el fatigoso camino hacia la comunión.

En el mes de marzo del presente año, hemos tenido en la Congregación un encuentro entre los Superiores y el Consejo de la CMIS, en el que el Consejo ha presentado algunos argumentos a afrontar juntos, relativos a tres temas, divididos de la siguiente manera: El conocimiento recíproco; Los Criterios de discernimiento de la identidad de los Institutos Seculares; El papel de la CMIS.

Como Dicasterio hemos acogido con mucho agrado la propuesta, indicando una posible modalidad de actuación: que sea esta Asamblea la que identifique el primer aspecto sobre el cual iniciar una reflexión común; la que indique los interlocutores con el Dicasterio, y sobre todo, la que establezca en qué modalidades todos los Institutos pueden participar en la reflexión. ¡Un ejemplo de comunión eclesial que estamos construyendo!

Dirijo finalmente a todos vosotros una ulterior invitación: sed promotores de comunión con las demás expresiones de vida consagrada y las demás realidades eclesiales que comparten con vosotros algunos aspectos de vuestra identidad o misión. Pienso en otras formas de vida consagrada con las que estáis unidos por la consagración para la profesión de los consejos evangélicos en sentido canónico. Pienso en las asociaciones y en los movimientos con los que estáis unidos por una presencia evangélica en el mundo, conservando, sin embargo, una misión y un estilo de vida profundamente diferentes. Es una propuesta que podría pareceros audaz, pero que la sugiere vuestra misma vocación, que os conduce a experimentar incluso dentro de los Institutos la riqueza de la diversidad, y que convierte vuestro vivir en un laboratorio de diálogo.

Estad dispuestos a conocer estas realidades y sobre todo a dejaros conocer por ellas: no tenéis nada de qué defenderos, sólo tenéis que mostrar la belleza de vuestra vocación que, juntamente con la de muchos otros hermanos y hermanas, es expresión de la riqueza y de la vivacidad del Amor trinitario.

N.B. Doy las gracias por su colaboración a la Doctora Daniela Leggio, oficial de la CICSVA por la investigación realizada relativa a los documentos sobre los Institutos Seculares. 

 

Joao Braz Cardinale DE AVIZ
Prefecto de la CIVCSVA

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