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Instituto Secular Hogar de Nazaret

 

Cuando me invitaron a decir algo sobre mi experiencia de estos meses de confinamiento, mi primera reacción fue: ¿y qué voy a decir? Por mi edad y mis circunstancias no puedo estar en la avanzadilla, colaborando como voluntaria o participando en proyectos solidarios. Pensé después un momento, y entendí que quizá por eso mismo, mi experiencia podría reflejar la de tantas otras personas que, como yo,han tenido que llenar los días de vida sin grandes recursos a su alcance.

¿Cómo puedo hacer yo, me pregunté, laica consagrada en el Instituto Secular Hogar de Nazaret? Desde mi vocación no puedo vivir ajena a las necesidades del mundo, al dolor de la gente… Pese al confinamiento, he de mantenerme muy cercana al sufrimiento de los hombres. Y me propuse dos actitudes necesarias: Vivir cada jornada con los “ojos abiertos”para mirar, interpretar y sentir la realidad; y con el “corazón alerta” unida al corazón misericordioso de Dios. Para ello me resulta indispensable la oración desde la vida. Sólo Dios sostiene la fe y ésta, a su vez, despierta la esperanza.

Decidí, pues,mantenerme informada, aunque no domino demasiado el ordenador, el móvil o la tablee, ni navego por las redes de las que apenas sé los nombres. A menudo me ha resultado muy duro y he sufrido mucho. Pasaban por mi mente los enfermos, los cientos de muertes cada día, el trabajo titánico de los médicos y personal sanitario, los políticos y gobernantes, las fuerzas del orden y seguridad, los colaboradores y voluntarios de toda clase… las familias y sus problemas, las personas que viven solas… y un largo etc. Todos ellos han estado muy presentes en mi oración de cada jornada.

En medio de tanto dolor y desconcierto -en el que no faltan tampoco quienes aprovechan el río revuelto para pescar o buscan su propio bienestar y capricho, indiferentes al resto de los ciudadanos- ha entrado de nuevo en nuestro pueblo una ola de solidaridad y caridad impresionante. Nos admira el esfuerzo de los docentes para afrontar la nueva situación con creatividad y buen hacer. La movilización de la gente sencilla para servir en lo que haga falta… Los padres compartiendo juegos y alegría con sus hijos, la colaboración de todos,por encima de credo e ideología,para responder con rapidez y eficacia en situaciones de emergencia… ¡Hay mucha gente buena! y creo que, con buena voluntad, sería posible caminar juntos en la diversidad y hacer historia.

En definitiva, ¿qué hago yo para intentar remediar esta tragedia que nos desborda? En primer lugar, me propongo mantener el temple, vivir con paz y libertad. Dios es Señor de la Historia. Hay que arrimar el hombro, trabajar, buscar soluciones, pero los creyentes confiamos en Él y echamos las redes en su nombre.

Desde mi situación y limitaciones, lo primero y fundamental es rezar por los que están en primera línea de combate; por los que sufren en su propia carne la enfermedad y sus consecuencias, por quienes nos han dejado en soledad y sin la presencia cariñosa de los suyos; por cuantos se dan a sí mismos, exponiendo generosamente sus vidas, en la lucha por salvar vidas ajenas.

Sentir con el mundo, sentir con la Iglesia. Meterme en el dolor de la gente y hacer con altura de miras los pequeños esfuerzos y sacrificios que me exige el confinamiento, por caridad y respeto a los demás. Aceptando las normas, incluso las que no me obligan en un momento dado, si ello sirve de ejemplo y testimonio para otros. Servir en las cosas pequeñas de la casa, ayudar en sencillas tareas a mi alcance para facilitar el trabajo de otras… Tener talante esperanzado.

Me ha costado mucho no poder recibir la comunión sacramental, pero lo descubrí como oportunidad de solidarizarme con tanta gente que, deseándola, no pueden hacerla. Valorar la sobreabundancia de dones espirituales de que dispongo yo en mi vida ordinaria, y cómo los vivo tantas veces de manera rutinaria y con poca capacidad de asombro. Pedir cada día la gracia de sentir hambre de Eucaristía, hambre de la Palabra, hambre de Dios.

Me ha impresionado el despliegue de actividades de la Iglesia para realizar su misión en esta situación que se nos vino encima a bote pronto. El servicio de los sacerdotes a enfermos y sus familiares, acompañando y alentando. El servicio a la caridad buscando sólo ayudar y servir al que sufre, en medio, incluso, de críticas que duelen. Como hemos podido leer en las redes, están cerrados los templos, pero la Iglesia está abierta, y más despierta que nunca.

Sufrimos ahora, junto al coronavirus, que sigue vivo y coleando, las consecuencias económicas de la pandemia y sus secuelas psicológicas y humanas en tanta gente sin trabajo, agotados sus pequeños ahorros, si los había; el cierre de negocios y pequeñas industrias. Se nos pide no bajar la guardia y actuar con responsabilidad para evitar la vuelta atrás en este proceso duro y difícil. Obrar en consecuencia, es una buena forma de ayudar y contribuir al bien de todos. Alentar, sembrar esperanza, acompañar, escuchar.

¿Eso es todo? Comencé diciendo que mi experiencia es muy sencilla. Pero seguro que somos muchos los que vivimos esta pobreza. Con esas pequeñas cosas, Dios hace virguerías.

¡Ánimo y adelante!

Mª José Antúnez Rodríguez

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