Compartiendo vidas:
Tomarles las manos y hacerles sentir que no están solos

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Alianza en Jesús por María

 

Me llamo Francisca, aunque todo el mundo me conoce por el diminutivo que cariñosamente me puso mi abuelo materno “Cuqui”. Vivo en un barrio de la zona norte de Granada conocido como el Polígono, un barrio obrero, de gente sencilla, que desgraciadamente con el paso de los años se ha ido convirtiendo en un barrio marginal. Soy miembro del Instituto Secular Alianza en Jesús por María, y trabajo, contratada por el Arzobispado, en los Servicios Religiosos del Campus de la Salud “Virgen de las Nieves” que abarca tres hospitales de la zona centro de Granada.

Mi misión en el hospital es visitar y distribuir la comunión a los enfermos que lo soliciten, también acompañar a las familias de estos enfermos y al personal sanitario, que a veces también solicitan algún rato que otro de charla, risas o intercambio de opiniones.

Vivir este tiempo de pandemia dentro del hospital me ha hecho conocer en todo momento el alcance de la dolorosa realidad que se nos venía encima. De pronto había que estar preparados para vivir esta terrible situación sin tiempo para tomar conciencia, había que sacar fuerzas de donde tal vez no las había y sonrisas cuando lo que una siente es ganas de llorar, de salir corriendo y esconderse donde no puedas contagiarte. Pero de pronto descubrí que, en estos momentos de debilidad, sólo estaba contando con mis pobres fuerzas, que había dejado a un lado al Dios de la vida en el que creo firmemente y a mis hermanas de institución que me transmitían cariño, confianza, sosiego y sobre todo cercanía.

Así que, con la pandemia en todo su esplendor tomé las riendas de mi vida, me abandoné en manos del Señor, alejé el miedo y me puse manos a la obra: lo primero quedarme sola en casa, para no contagiar a nadie, uno de mis sobrinos vive conmigo y es diabético, no visitar a mis padres, ni a mis vecinos… Mi objetivo era sólo centrarme en el hospital y en lo que allí estábamos viviendo.

He vivido situaciones que aún hoy me cuesta trabajo asimilar, personas desfalleciendo solas con dificultades respiratorias severas, familiares desesperados por la incertidumbre de no saber nada de sus seres queridos, personal sanitario destrozado por la impotencia, la falta de recursos, desconcierto a la hora de tomar decisiones, falta de criterios y material para protegernos…

Ciertamente,el Covid-19 nos trastornó la vida a todos. Hemos tenido que adaptarnos en tiempo récord a cambios que jamás hubiésemos imaginado, porque a veces la realidad supera la ficción, ver a la familia por el móvil, reuniones telemáticas… Nunca pensé en vivir la Eucaristía virtual, y menos la Semana Santa, pero si soy honesta conmigo misma también debo confesar que nunca he sentido tan adentro ¡EL SEÑOR RESUCITO, ALELUYA! De pronto te devuelven la esperanza, la garantía de que el amor siempre triunfa, de que nada termina aquí, y esto creedme de verdad que te produce tal felicidad que es difícil olvidar.

Tengo la alegría de haber podido aportar un pequeño granito de arena visitando a los enfermos, poder tomarles la mano y hacerles sentir que no estaban solos, realizar videollamadas para que se comunicaran con sus familiares, darles un ratito de compañía en su soledad y sobre todo, poder llevarles al Señor para que los confortara, ya que algunos murieron horas después de comulgar.

Esta pandemia me ha ayudado a descubrir, mejor dicho, a redescubrir el valor de los pequeños gestos, hemos aprendido a saludarnos con los codos, con los pies…, la fuerza de una mirada cómplice, nos costaba reconocernos con tantos artilugios puestos, pero transmitían serenidad, la universalidad del dolor porque los fallecidos no son números, sino personas concretas, hermanos nuestros, la generosidad al intentar salvar vidas sin miedo a perderla tuya, la vida no sirve sino se sirve, el sentido de la fraternidad, recibiendo muchos mensajes de mis hermanas aliadas mandándome fuerzas cada día, el sentido de la responsabilidad, para lo bueno y lo malo, pero sobre todo la fuerza de la oración al sentirme en manos de quien sabes que te quiere, y más que nunca he sentido una Iglesia que camina unida, acompañando y cuidando los unos de los otros.

Ahora que parece que le estamos ganando la batalla a este virus, toca mirar al futuro con esperanza, entregando lo mejor de mí a cada enfermo, a cada persona que me encuentre en el camino, en definitiva vivir mi misión con amor gratuito y personal dentro del hospital poniendo alma vida y corazón en todo lo que acontezca.

Unidos/as en la oración.

Francisca Ramírez Román

 

 

 

 

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