Compartiendo vidas:
Acompañar a Cristo doliente en la soledad de los enfermos

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Instituto Secular Hijas de la Natividad de María

 

Me llamo Mª de los Ángeles Santamarta Rodríguez. Pertenezco al Instituto Secular Hijas de la Natividad de María, fundado en la diócesis de Santiago de Compostela por el Venerable Baltasar Pardal Vidal, sacerdote. Su legado fue el regalo del carisma de Infancia Espiritual para vivir en confianza y alegría cualquier situación de la vida como hacen los niños que todo lo viven a través de su padre y de su madre (Mt 18,3-ss); con un campo de misión dedicado especialmente a la catequesis, a la promoción de la mujer y a la educación formal y no formal de niños y jóvenes.

Pues bien, este confinamiento, es una etapa de mi camino de salvación y santidad en la que me siento acompañada y en la que acompaño a los más próximos: familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, miembros de mi Instituto, …; también vivo este camino cercana a esa persona que no conozco, que sufre en otro lugar, que pierde su trabajo, que lucha por sanar al enfermo, … me siento, más que nunca, colaboradora de la salvación de Dios a la humanidad entera (2Cor 5, 17-18)

Las noticias que un día y otro día escuchaba en los diferentes medios de comunicación siempre enfatizaban (y lo siguen haciendo): ¡pandemia global!, ¡alerta global!, ¡crisis global!….¡global!; esto me hizo reflexionar y caer en la cuenta de lo maravilloso que es pertenecer a la humanidad entera, al pueblo de los Hijos de Dios, que en la “comunión de los santos”(cf. Credo de la Iglesia Católica) nos beneficiamos y somos parte de la gracia de Dios que cuida y  santifica a la creación (“… y vio Dios que todo era muy bueno” Gn 1; cf Catecismo de la Iglesia Católica nº 1996 y ss)

En cualquier espacio, a tiempo y a destiempo, la propaganda reza: la mascarilla es para proteger al otro, al que está cerca de ti, al que va contigo, al que te cruzas por la calle…; así, lo conozcas o no, vamos construyendo una cadena, una ola expansiva, un estilo de vida que nos proteje y nos cuida. Me dice esto que yo soy importante, soy necesaria, tengo una misión…por pequeña que sea ( Jr 1, 5-ss); estos gestos cotidianos de responsabilidad: lavarse las manos y la distancia social han hecho que viva con más hondura los tres votos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, en la vida de detalle y de trato familiar tanto con los que me rodean como en mi relación con Dios. Santa Teresita del Niño Jesús lo resume así en sus escritos: “… como no puedo hacer grandes sacrificios para mi santificación, me afano en los detalles” (cf Historia de un Alma). Todo ello se ha transformado, en estos meses, en gratuita y abundante gracia de Dios que me es regalada y, que a su vez, se convierte en don que transmite Vida. (“Dad gratis lo que habéis recibido gratis». Mt 10,7)

Los primeros momentos, después del 13 de marzo de 2020, fueron una “novedad” (podría decirse los “zapatos nuevos” a estrenar de un niño/a) que te empujaba a caminar junto a los otros sin saber muy bien qué pensar, cómo hacer, para qué, hacia dónde… También surgieron días oscuros, revueltos, tristes, desanimados, aburridos….; el “quédate en casa” me sonaba a falta de libertad y, lo peor de todo, es que así lo sentí durante un tiempo. Como si viviese detrás de unas rejas, detrás de altos muros que no podía saltar, me ahogaba en la imposición, en no poder tomar decisiones, en no saber aconsejar ni tener una palabra de ánimo para nadie, en sentirme inútil por no ayudar con mis manos a tantos necesitados… lo vi como una falta de humanidad en mí (orgullo puro y duro) y en los demás que se centraban exclusivamente en la estadística y los números.

Esta etapa del camino fue dura, cuesta abajo. En su misericordia, fue transformada por la Humanidad-Divinidad de Jesús que “bajaba a Jerusalem porque había llegado su hora”  sabiendo que iba a sufrir, a ser rechazado por los suyos… (Mt 8, 27-33); como Él pedí “¡Abbá-Papá”!, que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39): enséñame a transformar en seguridad y esperanza el miedo que convive a mi alrededor en las familias, en los miembros del Instituto, en mis padres, en los mayores, en los sanitarios, en los ….

Este fue mi camino hacia la Pascua: acompañar a Cristo doliente en la soledad de los enfermos, en la angustia y lágrimas de sus familias; en la desolación e impotencia de médicos y sanitarios, en la ternura de una sonrisa y una caricia transmitida con la mirada y el deseo; aunque yo no estuviese físicamente en cada situación fui consciente y con certeza que la misericordia y la ternura del buen Dios sí estaba.

Y, llegó la Resurrección, la VIDA. Comenzó a brotar de una forma intensa en los pequeños detalles del día a día -los mismos de ayer y los mismos de mañana- como  fuente de serenidad y de paz que necesitaba. Mi padre falleció en estos días, no por coronavirus, pero gracias a esta circunstancia he podido, junto con mis hermanos y mi madre, acompañarlo en casa y ayudarle a encontrase con el DiosAmor en el momento de la partida. A esta vivencia solo puedo añadir en acción de gracias la palabra AMÉN con todo lo que significa.

El trabajo on-line en el colegio -donde trabajo- se multiplicó en horas, en llamadas de teléfono, en noches en vela por la preocupación e incertidumbre; que, siendo sincera, sigue a día de hoy pues son muchas las preguntas que no tienen respuestas y situaciones en las que las seguridades se tambalean en este camino desconocido. Sigue llegando la tentación del egoísmo, del orgullo y del “yo lo puedo todo”; pero el Señor, siempre bueno, pone señales en este camino que me ayudan y protegen. Puedo deciros que, para mí han sido:

  • Templanza en la adversidad.
  • Recibir la sonrisa sentida (a distancia) del que te quiere acompañar en el dolor por la pérdida de mi padre.
  • El saber que lo poco que yo hago y puedo es “lo mucho” que el Señor me pide y realiza en mí como gracia de salvación para toda la humanidad: “el Señor hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5)
  • Vivir con hondura el abandono en Dios, vivir su gratuidad y su providencia: ¡sólo Él; para acercarlo y compartirlo con todos los hombres y mujeres, niños/as y ancianos de hoy.
  • Ser Eucaristía con el mismo Jesús Eucaristía.

Los que me conocen saben que si hablo tres palabras, cuatro se refieren al Camino de Santiago y como peregrina quiero terminar este testimonio Esta pandemia, esta situación de confinamiento, de luchas e incertezas son parte de una nueva “ruta” del Camino de Santiago en la que cada día es una nueva etapa en la que te sientes acompañado por muchas personas que han precedido este camino de fe que es la vida, que le han dado un sentido profundo de amor y de búsqueda del bien; en el que acompañas y ayudas a los que viven contigo y, ojalá, sea mi pisada una huella de fe, de alegría, de confianza, de esperanza y abandono que sea semilla de vida eterna para otros, para ti.

Puedo deciros que lo fundamental del “camino” no es el hecho físico de caminar, de sudar, de cansarte y llegar a la meta; es CAMINARSE en santidad porque Jesús está conmigo en el día a día del trabajo, de la celebración, del encuentro y las relaciones, en la donación, en la ayuda, en la tentación y en el perdón, en el silencio y en la oración, en la resurrección. “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”(Mt 28,20)

Termino con unas frases del fundador del SHNM:”¡Anda, corre, trabaja!; y haz lo mismo que Cristo haría para los pobres.  Educar con la vida para la VIDA. La gracia de Dios no os ha de faltar.” (Venerable Baltasar Pardal Vidal)

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